¡La palabra “bueno” está de moda en Guatemala! La oímos repetidamente, sobre todo por el ámbito electoral en el que nos encontramos inmersos (por no decir “inundados”). Por todos lados se oyen expresiones como: “¡Los buenos somos más!”… “Es que él SÍ es un “buen ciudadano”…”¡Votá por los buenos, hombre!” y muchas otras expresiones por el estilo. Algunas de estas expresiones están plasmadas en la propaganda política que nos agobia e incluso vienen acompañadas de su respectiva “ayuda visual”, como podría ser el caso de un positivo dedito señalando al cielo, un pulgar levantado, un demoledor puño, o una sonrisa “Colgate”, más blanca que las nubes de abril. Estas ayudas visuales acompañan casi infaliblemente a todos los candidatos en cuestión.
Ante semejantes afirmaciones, tan tajantes, sobre el bien y el mal, no queda otra que preguntarse muy seriamente: ¿Existen realmente “los buenos” y “los malos” en Guatemala? ¿Se puede afirmar que hay dos tipos de “individuos”, tan distintos como la fresa y el mango, conviviendo en nuestra sociedad? Y sobre todo: ¿”Tenemos TAN MALA SUERTE que siempre hemos sido gobernados por “fresas”, mientras que todos los sufridos “mangos” soportamos las consecuencias? (Aquí el lector puede intercambiar roles frutales, dependiendo de su gusto personal por las mencionadas frutas). ¿Nacieron los fresas, irremediablemente, “hechos fresas”?, ¿Por qué todos los mangos se vuelven “fresas” al llegar a puestos públicos?, ¿Solo aparentaban ser mangos y nos engañaron con premeditación y alevosía?.
Quizás uno de los experimentos más reveladores acerca de los conceptos del bien y el mal y que podría aclararnos muchas de estas dudas es el experimento de la Universidad de Stanford.
Este experimento fue el llevado a cabo en 1971 por Philip Zimbardo y un equipo de investigadores de esta universidad. El estudio buscaba evaluar la influencia de un ambiente extremo en las conductas desarrolladas por el hombre común.
Para ello ambientaron un área de la universidad para que simulara una prisión. Luego, tomaron a 24 universitarios voluntarios que hacían las veces ya sea de “policías” o de “prisioneros” (12 voluntarios por rol). Lo interesante del caso es que a pesar de que Zimbardo y su equipo escogieron para su experimento a los 24 voluntarios que estimaron los más saludables y estables psicológicamente, el estudio se salió de control luego de apenas 6 días de iniciado. De hecho, el estudio tuvo que ser cerrado prematuramente por crueldad extrema por parte de los policías.
¿Qué pasó?, ¿Acaso no todos eran “buenos” estudiantes, psicológicamente sanos y emocionalmente estables?, ¿Acaso no todos eran “mangos”, como nosotros?, ¿Acaso no eran “de los buenos”, de los nuestros?.
Hubo una situación especial: Zimbardo y sus colaboradores tomaron ciertas medidas que provocaban la desorientación, la despersonalización y la desindividualización. Hicieron vestir a los guardias con un uniforme de inspiración militar, que denotaba autoridad, además de hacerlos usar lentes tipo “espejo” para evitar el contacto visual con los prisioneros. Por otro lado, a los prisioneros les hicieron vestir sandalias e incómodas ropas que los hacían tomar posiciones corporales poco humanas y naturales. Además, a los prisioneros se les asignaron “números” en vez de nombres para despersonalizarlos y se les obligó a usar un nylon en la cabeza para simular que se encontraban “rapados”.
Durante los primeros días, el experimento se desarrollo con relativa normalidad, con un conato de motín por parte de los prisioneros, que más bien pareció un juego. Pero conforme fueron pasando los días, se notó una sumisión cada vez mayor por parte de los prisioneros a manos de los “policías”, quienes desarrollaron tendencias sádicas. Estas tendencias fueron aumentando conforme pasaron los días, e incluso se intensificaron en la noche, cuando se suponía que las cámaras estaban apagadas. Humillaban a los prisioneros (¡que eran sus compañeros universitarios!) y les imponían castigos físicos bajo la justificación de evitar así un nuevo “motín”.
El experimento tuvo que ser detenido cuando una estudiante, que no había estado expuesta al mismo desde el inicio hizo notar la crueldad y las condiciones infrahumanas en las que se estaba llevando a cabo. ¡Hasta los mismos investigadores poco a poco se habían acostumbrado a la situación!
Los detalles del experimento y la discusión de sus implicaciones éticas son realmente apasionantes. Sin embargo, la conclusión principal del experimento es la siguiente: Nuestros conceptos del bien y del mal no son absolutos e inamovibles, sino parecen estar definidos por ciertos determinantes externos, como lo son la vigilancia, el repudio público, el actuar de nuestros pares expuestos a situaciones similares, la certeza de que habrá consecuencias, etc. Sin estos determinantes nos desorientamos totalmente de la misma manera que un astronauta se desorienta en el espacio al no tener puntos de referencia (como el cielo, el suelo o la gravedad) para saber dónde es arriba y dónde es abajo. NECESITAMOS los determinantes para poder diferenciar el “bien” del “mal”. Si usted, estimado lector, duda que se aplique a nuestra sociedad, sólo observe cómo un guatemalteco que era incapaz de tirar basura en la calle durante todo su viaje por Estados Unidos, se “transforma” nuevamente en untirabasura al tocar suelo chapín.
Quizás sea momento que como sociedad dejemos de etiquetar a las personas del ámbito político como “buenos” o “malos” y nos concentremos más en los determinantes que realmente orientan a diferenciar entre el bien y el mal. Implantar, en la medida de nuestras posibilidades, una cultura de consecuencias (por cada acción, una reacción), evitar el anonimato en la toma de decisiones de impacto público, aumentar la vigilancia de la sociedad civil en todos los procesos políticos y expresar clara y públicamente el repudio ante ciertas medidas son algunas de las actitudes que como sociedad civil podemos comenzar a adoptar. A la larga, la clase política de este país está conformada por humanos que necesitan de estas actitudes para no desorientarse. Y ¿quién sabe? quizás llegue el día en el que si presionamos lo suficiente, tengamos relativamente puros “mangos” en puestos públicos porque simplemente no les dimos otra opción.
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