jueves, 22 de diciembre de 2011

Juan y Yo


Yo no pedí nacer... Juan tampoco.

Yo no escogí en qué familia nacer. Nací en un hogar de clase media, con un padre negociante y una madre maestra.  Juan tampoco escogió su familia, una familia indígena de agricultores en el altiplano.

Mi madre me dio de comer lo que ella consideraba bueno para mí: verduras, pollo, arroz, pasta, frutas... alimentos con macro y micronutrientes. Y yo no pude hacer nada más que comérmelo. La madre de Juan también le dio lo que ella consideraba bueno para su hijo, tortilla remojada en café, a veces frijol. Alimentos sin micronutrientes importantes para el desarrollo cerebral durante la niñez. Juan también lo comió.

Mi padre me dijo que hacer: levantarme a las 5:30 a.m. y  estudiar... estudiar duro! Leer! Aprender! Me llevó a un colegio. Me dijo que lo mejor para mi futuro era estudiar y superarme. Mi padre hizo lo mismo que su familia hizo con él.

El padre de Juan también le dijo que hacer: levantarse a las 4 am y trabajar... trabajar duro! Arar la tierra! Sembrar! Lo llevó al campo. Le dijo que lo mejor para su futuro era labrar la tierra y tener muchos hijos. El padre de Juan hizo lo mismo que su familia hizo con él.

Yo crecí, haciendo lo que me dijeron que hiciera. Juan también.

Mi visión de la vida dependió de la visión que me dieron en casa. La visión de Juan también.

Mi habilidad mental dependió en gran medida de la nutrición que me dieron durante mis primeros 5 años de vida. La de Juan también.

Con el transcurso de los años me gradué del colegio y asistí a la universidad (como me indicaron). Juan consiguió trabajo en un ingenio y logro casarse (como le indicaron).

Actualmente él tiene 5 hijos... yo ninguno. Actualmente yo soy profesional. Juan continúa trabajando en el ingenio.

Tanto Juan como yo hicimos todo lo que nos dijeron... y ambos lo hicimos lo mejor que pudimos!

¿Alguien me puede decir cómo es posible que yo gane en unos cuantos días, sentado a la sombra frente a un computador,  lo que Juan gana trabajando bajo el sol ardiente en toda una quincena?  Cómo es posible que yo pueda llegar a gastar en un almuerzo de fin de semana con los amigos lo que él gana en una semana? Y para colmo de males, que yo coma junto con la carne precisamente los elotes que él mismo sembró con sus manos y su esfuerzo y por los cuales no recibirá ni la décima parte de lo que yo pagué por ellos? 

“Ah no... Es que voooos te lo merecés! Es que vos sí te esforzaaaste!  Es que voooos sos profesioooonal!” Mentiras! Patrañas! Pajas!  Falsedades que queremos creer!  Si ambos comimos lo que nos dieron, hicimos lo que nos dijeron y dimos nuestro mejor esfuerzo... por qué esta abismal diferencia?  

No puedo más que sentirme cómplice de esta injusticia. No se necesita ser un genio para saber que es pura cuestión del azar.  No se necesita ser juez para saber que no es justo.

¿Cómo podría yo no sentir diariamente  una verdadera urgencia de hacer algo al respecto? ¿Cómo podría cualquiera en mi situación y con tres dedos de frente no tener la decencia y la mínima percepción de justicia y no intentar al menos hacer ALGO al respecto?

“Lo que consideramos como justicia es a menudo una injusticia cometida en favor nuestro.”
-Paul Claudel

Como asnos al desfiladero...


-“¡SOOOBEERRMAAAXX! ¡Es un producto totalmente natural y no tiene contraindicaciones!”
La voz masculina, seria y profunda pero sin dejar de ser energética, continúa:
-“¡Mejora la potencia!  ¡Aumenta la duración y la firmeza!  ¡Incrementa el apetito sexual! ¡Reduce la fatiga y mejora el rendimiento físico y mental!”
“¡Julugrún!”, pienso para mis adentros mientras me pongo la camisa, “¡puuuuras promesas de Baldizón!”. Intento ser analítico con el contenido del anuncio, pero me es imposible. Me disparan las promesas del mágico producto a una velocidad que mi consciente es incapaz de comprenderlo todo.  Y es que, precisamente, el anuncio está diseñado para ello: llegar a mi subconsciente con una metralla de palabras mientras mantiene a mi consciente atontado con imágenes sugestivas.  Y mientras me mantiene así, hipnotizado, repite… y repite… y repite la misma información, una… y otra… y otra… y otra vez.
-“¡¡¡DERMACURALÍN!!!” (Este nuevo término, gritado al oído por la TV, me despierta del sueño lúcido en el que me indujo el primer anuncio). “¡Dermacuralín es un producto totalmente natural y sin contraindicaciones!” (¡Ooootro!).  “Elimina las cicatrices del acné, las estrías, las manchas en la piel, la celulitis, las quemaduras, las ojeras, lo negro de las axilas, lo pálido, lo rasposo, lo feo de tu rostro… Y un laaargo etcétera.
Mientras me visto esta mañana con la televisión encendida, continúan apareciendo, uno tras otro, productos del mismo porte, más buenos que la leche y más inocuos que el agua, productos que nos resolverán totalmente la vida (¡¿cómo pudimos vivir sin ellos?!) y que están al alcance de cualquier paupérrimo y polvoroso bolsillo (siempre y cuando se tenga una paupérrima y polvorosa tarjeta de crédito).  Uno tras otro van apareciendo los productos, cada vez más creativos e innovadores: cremas para hacer crecer el tan deseado… cabello, cremas para hacer desaparecer el tan indeseable vello, máquinas que hacen el ejercicio por uno (¡y que las arterias y el corazón se pudran en colesterol!), máquinas que cocinan por uno, que adelgazan por uno, que caminan por uno,  que limpian por uno. (¿Voluntad? ¿Esfuerzo? ¡Nah! ¡Cosas del pasado!).
Mientras me pongo el calcetín izquierdo, reniego con la cabeza y murmullo: “¡Solo falta que inventen una máquina que piense por uno!” (En ese momento, caigo en cuenta que ya la inventaron y que, precisamente, ¡es a través de ella me está llegando la información! ¡¡Ahhh… desgracia!!)
Estos denominados “infomerciales” tienen todos la misma temática: Una persona en un mundo gris, triste y oscuro (generalmente representado en blanco y negro), con una vida peor que el infierno, siendo torturada por productos viejos y mediocres que se rompen… que se escurren… que incomodan… que torturan. Súbitamente se materializa en el aire el producto de los sueños y el mundo se torna multicolor. Todo se torna en sonrisas, comodidad y placer. Pareciera que han pulverizado alguna droga psicodélica y la han esparcido en el ambiente, estupidizando a todos los presentes en el anuncio.  El producto hace su trabajo suavemente y de manera perfecta. Finalmente, al terminar este éxtasis de comodidad, aparece la parte que más aborrezco: los denominados “testimonios”.
Aquí la gente da su “nombre” (¡Seguramente es el nombre real!) y su “ocupación” o “título” (“ama de casa”, “abogada”, “doctor”). Luego alaban el producto como que de una reliquia religiosa se tratara: “¡Cambió mi vida!” “¡Es lo mejor que pudieron inventar!” “¡Perdí ochocientos kilos en tan solo 2 semanas!”. Todo esto acompañado de fotos y animaciones que “prueban” que el producto realmente funciona. Sendas barrigas creadas en programas 3D son sustituidas rápidamente por abdómenes planos como tablas de lavar mientras la voz del narrador afirma convencidamente: “¡Miiiire como trabaja el producto!”. Finalmente, las fotografías de “antes” y de “después” (ambas con la misma ropa y tomadas el mismo día, sacando y metiendo la barriga.
Lo que siempre me ha impactado de estos anuncios son 3 hechos: a) La avaricia del comerciante por vender algo de lo que no tiene evidencia que funcione,  b) La cantidad de “modelos” que afirman que el producto funciona, y c) la pasividad de una sociedad que está acostumbrada a que le mientan y que considera a estas prácticas “normales” y “buenas” porque son importadas e indican “progreso” de nuestro país.
Las modelos súbitamente son convertidas en “testigos” de la efectividad del producto: leen un guión y sonríen sin parar mientras repiten como loros algo que no les consta. Luego posan para el “antes” y el “después”, sacando y metiendo la panza. Finalmente les pagan por sus servicios “profesionales”.
Es entonces cuando pienso: ¿Cómo es posible que hayamos llegado al punto en que mentir sea un trabajo? ¡Un punto en el que engañar al prójimo en aras del “desarrollo”  ya no sea condenable!
En algún momento nos desviamos como sociedad. ¡En algún momento tuvimos que perder el norte!
Ese norte lo perdimos desde que ya no nos preocupamos realmente por descubrir nuestras verdaderas necesidades. Ya no tenemos tiempo para ello. No tenemos tiempo para oírnos. Nuestras necesidades ya no son nuestras. Ahora las necesidades son creadas, son diseñadas. Nuestras necesidades reales quedan aplastadas y fosilizadas bajo la avalancha de necesidades creadas. Ahora, nos hemos acostumbrado a que nos indiquen qué es lo que necesitamos: “Necesitas una nueva cámara”, cuando la que tienes funciona bien. “Necesitas un aparato para hacer ejercicio”, cuando eres incapaz de salir a caminar 20 minutos. “Necesitas esto”. “Necesitas aquello”.
Al ser incapaces de oír nuestras propias necesidades, guiamos nuestro “progreso” en base a la mentira mercadológica. Parecemos un grupo de asnos que, detrás de una zanahoria, nos dirigimos en manada hacia el desfiladero. Lo peor de todo es que la zanahoria es diseñada y sostenida en alto por asnos que pertenecen a la manada y que tendrán el mismo destino que cualquier otro miembro de la misma. ¿Qué importa a dónde vamos si en el camino se produce dinero?  ¡Cuando nos vayamos en el desfiladero ya veremos que hacemos!
Medimos el progreso y desarrollo de un país en base al Producto Interno Bruto o P.I.B.  Y no nos importa si para lograr dicho P.I.B. se diseñan, por ejemplo, electrodomésticos  programados para dejar de funcionar en 5 años y que contaminarán aún más nuestro ambiente. ¡Qué importa la contaminación si esto asegura ventas a futuro! ¿Es esto realmente progreso?  ¿La humanidad realmente “progresa”?
Trabajamos como desquiciados y dejamos de ver a nuestras familias y amigos para poder tener el suficiente dinero que nos permita comprar el celular de última línea y así ¡mantenernos comunicados con nuestras familias y amigos! (¿Qué tan tonto es esto?).
Un producto es “nuevo” ¡si se empaca diferente! Un producto es “bueno” si vende… ¡y punto! Un producto es “el mejor” ¡si yo lo afirmo primero!
Con la tecnología y los conocimientos actuales, fácilmente tendríamos sociedades que actualmente consideraríamos utópicas si frenáramos por un momento y nos diéramos el tiempo para realmente oírnos a nosotros mismos y descubrir nuestras verdaderas necesidades como humanidad: necesidades como la solidaridad, la fraternidad, el equilibrio con nosotros mismos y nuestro medio, el desarrollo comunitario. Pero eso no pasará. Quizás porque “parar por un momento y meditar”, sea lo que realmente, se ha vuelto utópico. “Capitalismo” es el término que usamos para maquillar la avaricia y “marketing”, es el término que usamos para disfrazar la mentira.  Ambos son el tirano y el norte de una humanidad totalmente deshumanizada, Guatemala incluida. Y… ¡Oh, sorpresa!  Ya nos acostumbramos.
“En nuestro mundo la gente no sabe lo que quiere… y está dispuesta a TODO por conseguirlo.”
-Don Marquis -