-"Es por allí, pero no le diga a nadie que yo le dije"
- "Muchas gracias!" acerté a decir rápidamente mientras apuraba el paso, adentrándome cada vez más en ese oscuro y húmedo callejón.
Mientras camino, siento como el corazón, pesado como plomo, golpea rítmica y aceleradamente mi pecho. El aire parece no ser suficiente, a pesar que realmente no estoy haciendo un gran esfuerzo físico. "Será la angustia?" pienso para mis adentros. "Maldita dependencia, lo que me haces hacer!"
Finalmente llego al lugar indicado: Un antiguo hotel que quebró hace más de 10 años. Está descuidado y descolorido. Cristales rotos son remendados con tablas y las pintarrajeadas paredes están cubiertas por un desagradable moho verde-oscuro. Sin embargo, parece tener la infraestructura adecuada y eso es lo importante.
Me acerco a la puerta y dudo por un momento en tocar. Vuelvo la mirada y solo veo la perspectiva inversa del callejón en el que me aventuré a caminar minutos atrás. Ni un alma... ni un perro... ni siquiera la enigmática persona quien me orientara minutos antes y que desapareciera casi por arte de magia.
Reconfortado por la falta absoluta de testigos, toco la puerta: dos golpeteos rápidos, tres golpes cortos y finalmente tres golpeteos rápidos finales.
Me alejo dos pasos mientras volteo la cabeza a ambos lados, buscando las probables rutas de huída, pero afortunadamente el escape no es necesario. La persona que abre la puerta es exactamente como me la describieron: mujer de aproximadamente 60 años de edad, pelo liso teñido de rubio, tez morena y complexión robusta. Rápidamente hago la seña secreta que me enviaran por “mensajito” al celular (el índice, medio y anular de mi mano izquierda extendidos sobre mi palma derecha a manera de un tridente invertido). La señora esboza un conato de sonrisa, voltea la cabeza para espiar ambos lados del callejón y mediante señas me invita a pasar adelante.
- "Es nuevo por aquí", me pregunta con un tono que percibo casi maternal.
- "Sí" respondo secamente, un poco ofendido por la intromisión personal, dada la culposa situación. "Solía ir al lugar de la 8ava avenida, hasta que fue allanado".
- "Lo supe", responde. "Una verdadera lástima, seguramente no pudieron controlar el olor. Es realmente difícil hacerlo!".
Me sorprende la sinceridad en las palabras de la “doñita”, sobre todo porque estamos hablando de su competencia. Sin embargo no tengo tiempo para pensar mucho en el asunto, pues al momento la doña abre una puerta doble totalmente hermética, similar a las usadas en los aislamientos de los hospitales.
- "Es aquí", me dice mientras extiende la mano hacia mí, en señal de cobro.
- "Muchas gracias" murmullo mientras le doy apresuradamente los $500 y me interno en el lugar.
Atravieso la segunda puerta de seguridad y entro al recinto. El lugar no impresiona, todos son iguales: grandes bodegas mal alumbradas y herméticas readecuadas con una cocineta central. El resto del lugar esta cubierto por pequeñas mesas plásticas en donde los comensales, agachados y escondidos entre sus hombros, ingieren todo tipo de "alimento restringido": pollo frito, hamburguesas repletas de mayonesa y grasas saturadas, pizza, papas fritas, gaseosas con la carga original de azucares, etc.
Me dirijo rápidamente a la cocineta de este "buffet ilegal" y me sirvo cuanto alimento puedo en un pequeño plato desechable, para dirigirme luego a la mesa más cercana que encuentro. Frente a mí un hombre de mediana edad, ataviado con un traje de diseñador y una corbata cara, come (como el resto) protegido por la penumbra.
- "Vaya traje! Hasta pareciera funcionario del gobierno!", pienso mientras me siento, empujando con la mano algunos vasos desechables sucios y usados que se encontraban sobre la silla que me dispongo a usar. Es normal que las personas salgan corriendo de lugares como éstos luego de comer, dejando tirados tras de sí los platos y vasos usados, evidencia del delito. Me sobresalto cuando mis pensamientos son interrumpidos por la voz ronca y educada del señor del traje elegante:
-"Usted seguramente es nuevo por aquí".
- "S-s-sí... cómo lo sabe?" Pregunto asustado.
- "Por lo general nadie se sienta frente a mí en esta mesa, ya sabe, por mi aspecto.", me responde sin levantar la mirada de su plato en ningún momento (no ver jamás a alguien directamente a los ojos es un código implícito aquí). El hombre prosigue:
- "Es increíble a lo que hemos llegado, no cree?".
- "Supongo..." acierto a decir.
- "Aún recuerdo cómo se realizó todo el proceso. Fue lentamente, tan lentamente que ninguno de nosotros si quiera imaginamos a lo que llegaríamos con la implementación de las regulaciones iniciales".
- "Trabajaba usted en el gobierno cuando se impuso la prohibición!?!?"" Pregunto asombrado, para luego arrepentirme de una pregunta tan personal en un lugar como éste.
- "Aún trabajo allí, pero descuide", me responde calmadamente, al notar mi aflicción por la pregunta tan inadecuada. "En estos lugares todos somos iguales y a nadie le interesa que se sepa afuera que uno estuvo aquí. Así que nadie puede culpar a nadie sin inculparse a sí mismo. Además, la penumbra ayuda mucho a proteger el anonimato."
Relajado por una contestación tan sincera y audaz, me quedo en el lugar mucho más tiempo del que acostumbro, oyendo interesadísimo toda la historia de la prohibición desde el inicio.
El sujeto era un verdadero experto y seguramente trabajaba en alguno de los departamentos directamente involucrados en la prohibición de la comida chatarra. Me contó cómo no habíamos aprendido nada de la historia. Me contó cómo la prohibición del alcohol en Estados Unidos a principios del siglo XX elevó el precio del whiskey a niveles exorbitantes, inundando de dinero (y de poder) a los que contrabandeaban el líquido: la mafia italiana. El índice de violencia aumentó de manera exorbitante y paralela a la prohibición: balaceras con armas automáticas en lugares públicos, pérdida total del respeto a la vida y asesinatos cada vez con más saña y crueldad (exactamente igual al narcotráfico posterior). Todo ello terminó con la legalización del alcohol años después. La caída en su precio atacó a la “empresa gánster” en donde se debe atacar a cualquier empresa para destruirla, en el bolsillo. Si bien es cierto que la mafia migró a otros negocios, el daño fue severo y tardaron años en recuperarse, pero jamás del todo. TODA empresa es proclive a la quiebra...
Posteriormente la prohibición de la droga tuvo el mismo efecto, volviéndose un negocio increíblemente rentable. A principios del siglo XXI se inició un debate sobre la despenalización de la misma en Latinoamérica, pero pudo más el paternalismo gubernamental, la pseudomoral ciudadana y los intereses de Estados Unidos que los hechos históricos. Finalmente la droga continuó siendo ilegal. Y con su ilegalidad continuó el respectivo baño de sangre que conlleva el movimiento de millones de dólares en un ambiente clandestino.
- "Sabía usted que el 45% de las muertes en Centroamérica son causadas por el tráfico de drogas y no por su consumo?" me preguntó el hombre notoriamente consternado. "Cuarenta y cinco por ciento!! Eso es más de 100 veces las muertes causadas por drogadicción en la misma región! Definitivamente no hemos enfocado adecuadamente el asunto: la supuesta “cura” que ideamos en contra de las drogas es cien veces peor que la enfermedad!"
Finalmente, el hombre del traje me contó cómo inició la última “gran invención” de la humanidad: la guerra contra la comida chatarra: Inicialmente se impulsaron regulaciones en la venta de la comida chatarra, al hacerse públicos estudios a gran escala en los que se relacionaban el consumo de este tipo de comidas y las enfermedades cardiovasculares (angina, hipertensión, infartos, derrames, etc.). El impacto de este tipo de comidas en el gasto público en salud era altísimo! Finalmente las regulaciones cada vez más estrictas en este tipo de comida dieron lugar a la prohibición total de la misma. Pero, a pesar de ser una comida prohibida, los ciudadanos no dejarían fácilmente el hábito de comerla. Por tanto los mismos ciudadanos aumentaron la producción de comida chatarra en su casa.
Para contrarrestar esta tendencia, el gobierno implementó fuertes regulaciones en cuanto a la cantidad de "precursores" de comida chatarra que un ciudadano podía adquirir: aceites y mantecas ricos en grasas saturadas eran vendidos de manera regulada y en cantidades minúsculas para evitar el exceso en su consumo. Por supuesto, esto conllevó al contrabando de dichas sustancias, las cuales para ese entonces habían elevado su precio de manera exponencial. Así se generó una nueva ola de violencia, similar a la vista con el contrabando de alcohol a principios del siglo XX o el contrabando de drogas a principios del siglo XXI. Al final, esto promovió la proliferación de los "comedores clandestinos" donde se puede consumir este tipo de alimentos sin tener que lidiar con conseguir todos los ingredientes. Obviamente, el precio de alimentos preparados con ingredientes clandestinos es altísimo.
- "Me parecen tan lejanos aquellos tiempos cuando un payaso del traje amarillo y pelo rojo promovía impunemente el consumo de este tipo de alimentos" se asombraba el hombre del traje. "Existían incluso menús especiales para niños! Puede imaginarlo?! Especiales para NIÑOS!!!"
El hombre aseguraba que había hecho números y que con menos del 10% de lo invertido en la guerra contra las drogas y la comida chatarra se podría haber implementado planes de ejercicio físico y educación preventiva de primera, planes que harían innecesarias estas dos guerras “punitivas”, pues se habría triunfado en el plano preventivo .
- "Pero para los gobiernos siempre ha sido más fácil prohibir que educar” sentenció. “Parecen ignorar voluntariamente que las prohibiciones solo aumentan la tentación (y el precio!) y no ataca el problema de raíz".
Luego el hombre exclamó una frase que aún me hace pensar:
"Lo que debería ser ilegal es la falta de educación preventiva... Lo que debería ser ilegal es la inequidad de oportunidades en países en desarrollo... Allí está la raíz del problema! Allí está la tierra fértil para la delincuencia. El tráfico de drogas y de comida chatarra es solo un síntoma de algo mayor, no es la enfermedad en sí..." Sentenció.
Agradecido por la plática, me disponía a retirarme mientras intercambiábamos unas palabras finales sobre cómo el sida había tomado un lugar preponderante como causa de mortalidad de los países desarrollados (al disminuir las enfermedades cardiovasculares).
-"Solo falta que quieran prohibir el sexo" me aventuré a bromear mientras me levantaba de la mesa dejando allí el plato del que acababa de comer.
Por primera vez el hombre del traje levantó su mirada y viéndome directamente a los ojos, replicó:
- Hijo, será mejor que se siente. Necesito contarle algo más...
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