-“¡SOOOBEERRMAAAXX! ¡Es un producto totalmente natural y no tiene contraindicaciones!”
La voz masculina, seria y profunda pero sin dejar de ser energética, continúa:
-“¡Mejora la potencia! ¡Aumenta la duración y la firmeza! ¡Incrementa el apetito sexual! ¡Reduce la fatiga y mejora el rendimiento físico y mental!”
“¡Julugrún!”, pienso para mis adentros mientras me pongo la camisa, “¡puuuuras promesas de Baldizón!”. Intento ser analítico con el contenido del anuncio, pero me es imposible. Me disparan las promesas del mágico producto a una velocidad que mi consciente es incapaz de comprenderlo todo. Y es que, precisamente, el anuncio está diseñado para ello: llegar a mi subconsciente con una metralla de palabras mientras mantiene a mi consciente atontado con imágenes sugestivas. Y mientras me mantiene así, hipnotizado, repite… y repite… y repite la misma información, una… y otra… y otra… y otra vez.
-“¡¡¡DERMACURALÍN!!!” (Este nuevo término, gritado al oído por la TV, me despierta del sueño lúcido en el que me indujo el primer anuncio). “¡Dermacuralín es un producto totalmente natural y sin contraindicaciones!” (¡Ooootro!). “Elimina las cicatrices del acné, las estrías, las manchas en la piel, la celulitis, las quemaduras, las ojeras, lo negro de las axilas, lo pálido, lo rasposo, lo feo de tu rostro… Y un laaargo etcétera.
Mientras me visto esta mañana con la televisión encendida, continúan apareciendo, uno tras otro, productos del mismo porte, más buenos que la leche y más inocuos que el agua, productos que nos resolverán totalmente la vida (¡¿cómo pudimos vivir sin ellos?!) y que están al alcance de cualquier paupérrimo y polvoroso bolsillo (siempre y cuando se tenga una paupérrima y polvorosa tarjeta de crédito). Uno tras otro van apareciendo los productos, cada vez más creativos e innovadores: cremas para hacer crecer el tan deseado… cabello, cremas para hacer desaparecer el tan indeseable vello, máquinas que hacen el ejercicio por uno (¡y que las arterias y el corazón se pudran en colesterol!), máquinas que cocinan por uno, que adelgazan por uno, que caminan por uno, que limpian por uno. (¿Voluntad? ¿Esfuerzo? ¡Nah! ¡Cosas del pasado!).
Mientras me pongo el calcetín izquierdo, reniego con la cabeza y murmullo: “¡Solo falta que inventen una máquina que piense por uno!” (En ese momento, caigo en cuenta que ya la inventaron y que, precisamente, ¡es a través de ella me está llegando la información! ¡¡Ahhh… desgracia!!)
Estos denominados “infomerciales” tienen todos la misma temática: Una persona en un mundo gris, triste y oscuro (generalmente representado en blanco y negro), con una vida peor que el infierno, siendo torturada por productos viejos y mediocres que se rompen… que se escurren… que incomodan… que torturan. Súbitamente se materializa en el aire el producto de los sueños y el mundo se torna multicolor. Todo se torna en sonrisas, comodidad y placer. Pareciera que han pulverizado alguna droga psicodélica y la han esparcido en el ambiente, estupidizando a todos los presentes en el anuncio. El producto hace su trabajo suavemente y de manera perfecta. Finalmente, al terminar este éxtasis de comodidad, aparece la parte que más aborrezco: los denominados “testimonios”.
Aquí la gente da su “nombre” (¡Seguramente es el nombre real!) y su “ocupación” o “título” (“ama de casa”, “abogada”, “doctor”). Luego alaban el producto como que de una reliquia religiosa se tratara: “¡Cambió mi vida!” “¡Es lo mejor que pudieron inventar!” “¡Perdí ochocientos kilos en tan solo 2 semanas!”. Todo esto acompañado de fotos y animaciones que “prueban” que el producto realmente funciona. Sendas barrigas creadas en programas 3D son sustituidas rápidamente por abdómenes planos como tablas de lavar mientras la voz del narrador afirma convencidamente: “¡Miiiire como trabaja el producto!”. Finalmente, las fotografías de “antes” y de “después” (ambas con la misma ropa y tomadas el mismo día, sacando y metiendo la barriga.
Lo que siempre me ha impactado de estos anuncios son 3 hechos: a) La avaricia del comerciante por vender algo de lo que no tiene evidencia que funcione, b) La cantidad de “modelos” que afirman que el producto funciona, y c) la pasividad de una sociedad que está acostumbrada a que le mientan y que considera a estas prácticas “normales” y “buenas” porque son importadas e indican “progreso” de nuestro país.
Las modelos súbitamente son convertidas en “testigos” de la efectividad del producto: leen un guión y sonríen sin parar mientras repiten como loros algo que no les consta. Luego posan para el “antes” y el “después”, sacando y metiendo la panza. Finalmente les pagan por sus servicios “profesionales”.
Es entonces cuando pienso: ¿Cómo es posible que hayamos llegado al punto en que mentir sea un trabajo? ¡Un punto en el que engañar al prójimo en aras del “desarrollo” ya no sea condenable!
En algún momento nos desviamos como sociedad. ¡En algún momento tuvimos que perder el norte!
Ese norte lo perdimos desde que ya no nos preocupamos realmente por descubrir nuestras verdaderas necesidades. Ya no tenemos tiempo para ello. No tenemos tiempo para oírnos. Nuestras necesidades ya no son nuestras. Ahora las necesidades son creadas, son diseñadas. Nuestras necesidades reales quedan aplastadas y fosilizadas bajo la avalancha de necesidades creadas. Ahora, nos hemos acostumbrado a que nos indiquen qué es lo que necesitamos: “Necesitas una nueva cámara”, cuando la que tienes funciona bien. “Necesitas un aparato para hacer ejercicio”, cuando eres incapaz de salir a caminar 20 minutos. “Necesitas esto”. “Necesitas aquello”.
Al ser incapaces de oír nuestras propias necesidades, guiamos nuestro “progreso” en base a la mentira mercadológica. Parecemos un grupo de asnos que, detrás de una zanahoria, nos dirigimos en manada hacia el desfiladero. Lo peor de todo es que la zanahoria es diseñada y sostenida en alto por asnos que pertenecen a la manada y que tendrán el mismo destino que cualquier otro miembro de la misma. ¿Qué importa a dónde vamos si en el camino se produce dinero? ¡Cuando nos vayamos en el desfiladero ya veremos que hacemos!
Medimos el progreso y desarrollo de un país en base al Producto Interno Bruto o P.I.B. Y no nos importa si para lograr dicho P.I.B. se diseñan, por ejemplo, electrodomésticos programados para dejar de funcionar en 5 años y que contaminarán aún más nuestro ambiente. ¡Qué importa la contaminación si esto asegura ventas a futuro! ¿Es esto realmente progreso? ¿La humanidad realmente “progresa”?
Trabajamos como desquiciados y dejamos de ver a nuestras familias y amigos para poder tener el suficiente dinero que nos permita comprar el celular de última línea y así ¡mantenernos comunicados con nuestras familias y amigos! (¿Qué tan tonto es esto?).
Un producto es “nuevo” ¡si se empaca diferente! Un producto es “bueno” si vende… ¡y punto! Un producto es “el mejor” ¡si yo lo afirmo primero!
Con la tecnología y los conocimientos actuales, fácilmente tendríamos sociedades que actualmente consideraríamos utópicas si frenáramos por un momento y nos diéramos el tiempo para realmente oírnos a nosotros mismos y descubrir nuestras verdaderas necesidades como humanidad: necesidades como la solidaridad, la fraternidad, el equilibrio con nosotros mismos y nuestro medio, el desarrollo comunitario. Pero eso no pasará. Quizás porque “parar por un momento y meditar”, sea lo que realmente, se ha vuelto utópico. “Capitalismo” es el término que usamos para maquillar la avaricia y “marketing”, es el término que usamos para disfrazar la mentira. Ambos son el tirano y el norte de una humanidad totalmente deshumanizada, Guatemala incluida. Y… ¡Oh, sorpresa! Ya nos acostumbramos.
“En nuestro mundo la gente no sabe lo que quiere… y está dispuesta a TODO por conseguirlo.”
-Don Marquis -
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