La garganta seca. Un mazo pesado golpeteando por dentro, rítmica y rápidamente, la caja torácica: “Tuc-tún, tuc-tun, túc-tun”. El término “angustia” en su mayor esplendor: manos sudorosas...respiración agitada... tez pálida y (lo peor) unas incontrolables ganas de salir corriendo! Ganas de no hacerlo! Ganas de no intentarlo! Una especie de incómodo calambre existencial y una total obsesión por que pase ya el momento.
La voz de mi padre, contundente como siempre, me indicaba gritando lo que debía hacer, mientras corría hacia mí con su chaleco verde “camouflageado” y sosteniendo la escopeta con ambas manos:
-“Agarralo mijo! No lo dejés escapar!”
Me encuentro en un sembradío tropical del pacífico (húmedo, caliente y cundido de mosquitos) de la Guatemala de 1985. Con 9 años y con el lodo hasta la cintura, es la primera vez que debo hacerlo. Frente a mí, un amasijo de plumas enlodadas y ensangrentadas se revuelve convulsivamente mientras grazna. Quién me iba a explicar a esa tierna edad que ir a cazar patos con mi padre iba a ser un despertar a la realidad de la vida y la muerte? Quien me iba a preparar para asistir a esa horrenda experiencia de otro ser vivo llamada “agonía”. Mi mente inocente pintaba una situación hipotética totalmente distinta, cuando dije emocionado “sí” a la posibilidad de ir a cazar patos con mi padre. Según yo, los patos ya caían muertos!. Por muy lógico que me parezca ahora, por mi mente no pasaron elementos como la sangre y el sufrimiento, los que resultaron ser los actores principales de la situación.
Hábil cazador, mi padre llegó planeando por sobre el lodo al lado de su asustado hijo. Sostuvo la escopeta con una mano, mientras con la otra buscaba rápidamente la cabeza del plumífero. Al encontrarla, la asió con fuerza con una sola mano, lo levantó del suelo y mientras me decía “ASÍ, MIRÁ!” hizo girar varias veces el cuerpo del animal mientras mantenía la cabeza fija, como si de una matraca se tratara, desnucando y matando rápidamente al pobre pato.
Imagínese usted mi cara mientras contemplaba, boquiabierto, semejante escena! Sorprendentemente y en menos de una hora, quizás porque no tenía alternativa, quizás porque sabía que cazábamos para comer durante el viaje y había que sacar “el chance” o quizás movido por terminar rápidamente el sufrimiento de los animales, ya era yo un experto “matracador” de patos. El miedo primordial de nunca haber hecho algo similar se esfumó y dio rápidamente espacio a la rutina. Al final del día me encontraba yo desnucando patos con la misma cotidianeidad con la que un mono amaestrado realiza su aprendida rutina de circo. La habilidad del humano para adecuarse a todas las situaciones es simplemente impresionante!
Y es ese juego entre el miedo primordial y la rutina lo que marca muchas veces nuestras vidas. El miedo impera solamente las primeras veces que hacemos algo y luego dar paso, poco a poco, a la experiencia y a la rutina. La dinámica siempre se mantiene en toda nueva situación. No importa si hablamos por primera vez frente a un público numeroso o saltamos por primera vez de un alto trampolín, la secuencia siempre es la misma: angustia – miedo- menos miedo- tranquilidad-costumbre-rutina...
Vencer el miedo primordial es quizás la parte más difícil de cualquier reto. Y al lograr vencerlo, al lograr dominarlo, se experimenta una merecida sensación de logro. La satisfacción de la superación. El ser humano está diseñado para ello: necesita el reto y lo busca constantemente con el único fin de poder superarlo. Si se encuentra en el punto A, busca ir al punto B. Y no estará para siempre en el punto B, pues pronto se aburrirá y encontrará que existe el punto C. Esta necesidad de progreso está en sus genes. Solo así podemos explicarnos que una especie evolucionada y racional ponga en riesgo su integridad física ( y a veces hasta los dientes!) por lograr una pirueta más, una cima más, un kilómetro más ... todo esto sin una aparente necesidad (más que la misma necesidad del reto).
Vencer el miedo primordial es siempre el primer paso. Y ese primer paso, lógicamente, definirá hacia donde se dirigirá la secuencia de pasos subsiguientes... para bien o para mal. Los miedos que decidimos vencer definirán nuestra vida. Dime que miedo quieres vencer y te diré hacia donde se dirigirá tu vida.
Lo curioso del caso es que los retos negativos TAMBIÉN pueden ser fuente de satisfacción personal... de “superación” personal, por muy negativo que sea el resultado. El miedo primordial también existe en estas situaciones. Por ejemplo, el miedo del primer robo... el miedo a la primera estafa... el miedo del primer asalto...el miedo del primer ingreso a la cárcel... el miedo del primer asesinato... el miedo al primer desfalco a las arcas públicas. Y de la misma manera que el humano se acostumbra a retos positivos y vence el miedo, también termina por “acostumbrarse” a los retos negativos. El asalto se vuelve un acto rutinario en el atracador cuando ese miedo primordial que lo frenaba se ha esfumado.
Finalmente, la lógica de buscar “nuevos retos” se da también en el ámbito negativo: un asalto mayor, un “trabajito” mejor pagado, una mayor “reputación” entre los reos. La desviación de fondos públicos y las componendas anti-éticas también se vuelve rutina entre los funcionarios del gobierno. Y la rutina y cotidianeidad con la que se realizan estos hechos en el gobierno hacen que la manzana podrida termine por arruinar alas nuevas manzanas que llegan con las mejores intenciones al gobierno.
El punto de quiebre en la forma en la que se desarrollará una vida, y por tanto una sociedad, dependerá en gran medida de cuales miedos primordiales decidimos vencer... o nos vemos forzados a vencer.
Para poder mantener una sociedad en orden es esencial reforzar el miedo primordial de los retos negativos mediante una cultura de la consecuencia. Se debe difundir y reforzar la creencia que a cada acción negativa habrá una reacción proporcional en contra del autor de dicha acción. Aún cuando sea imposible que exista un policía por cada habitante en ningún país del mundo, el esquema funciona en todos los países “ordenados”. Por qué? Por que el verdadero policía no está en las calles, “el verdadero policía está en la cabeza” de cada ciudadano. Y este policía mental funciona también en Guatemala. Ejemplo de ello fue la política del “cepo” impulsada por la municipalidad capitalina. La cultura de la “consecuencia del cepo” logró imponerse en el subconsciente de la población. Se da cuenta del potencial enorme que existe en políticas tan sencillas como esta, para poder condicionar a la población a hacer las cosas bien? A respetar la ley?
La “oferta de retos positivos” de la mano de una “cultura de la consecuencia” en los retos negativos es esencial para ordenar a nuestra sociedad. Ignorar estos principios de la piscología humana es un error garrafal a la hora de realizar políticas públicas. Frenar la ola de delincuencia será imposible en Guatemala si ignoramos la naturaleza del humano en este aspecto. Una mayor presencia policial en las áreas rojas y una política exclusiva de “mano dura” será inútil si no va acompañada de un aumento en las áreas deportivas y bibliotecas en estas mismas áreas. Por otro lado, la tolerancia de delitos menores en áreas que ya se encontraban “controladas romperá la cultura de la consecuencia y dará paso a romper más miedos primordiales en retos negativos.
Conocer la mente humana y los determinantes psicológicos de la conducta es el factor más importante de un gobierno efectivo. Cuanta participación tiene la ciencia en la política? He allí la explicación de muchas cosas.
"Tal es el fin de todo el condicionamiento: hacer que cada uno ame el destino social, del que no podrá librarse" Aldous Huxley, en Un Mundo Feliz.-
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